Ayer, jueves 12 de junio, vivimos una tarde entrañable en la que tuvimos el privilegio de compartir un encuentro con Elvira Lindo. Con su voz cercana, generosa y lúcida, nos habló de sus libros, de su infancia y de cómo, al revisitar de adulta los lugares donde creció, fue reconociendo las raíces de su personalidad: curiosa, comprometida, feminista y empática.
Conversamos sobre la importancia de vivir en comunidad, de contar las historias anónimas que, según ella, son siempre las más interesantes. Al hablar del feminismo, nos regaló un recuerdo muy íntimo: el de su madre, que, a pesar de no tener independencia económica, buscaba sus pequeñas formas de disponer de algo de dinero, quizás para comprarse una pulsera. Ese gesto, aparentemente pequeño, le marcó profundamente no solo como hija, sino como mujer. “Ese fue el momento en que pensé: yo soy feminista”, nos dijo.
También abordamos el papel de las asociaciones. Elvira reconoció la pérdida de influencia de las asociaciones vecinales, pero reivindicó con fuerza su necesidad. Recordó con emoción cómo en su barrio, Moratalaz, se organizó la histórica huelga del pan. “Las asociaciones son fundamentales para seguir consiguiendo y conservando derechos”, afirmó.
Nuestra profesora de literatura le preguntó por la nueva era de la inteligencia artificial y cómo afecta a quienes se dedican a la creación. Elvira fue clara: hay cosas en las que puede ser útil, especialmente en ámbitos técnicos o científicos, pero en el terreno creativo —literatura, ilustración, corrección— es más complicado e incluso perjudicial. Denunció que no se tiene en cuenta a las y los creadores, que la IA se alimenta de su trabajo sin reconocimiento ni retorno, y que se están cerrando oportunidades a nuevas generaciones de jóvenes con conciencia política y social. Le preocupa la velocidad con la que se está imponiendo esta tecnología.
Cuando le preguntamos por su entrevista donde dijo: “la lectura compartida engancha”, añadió:
“Las mujeres sabemos mucho. Sabemos hacernos mayores mejor. Sabemos acompañarnos. Sabemos que leer es hablar desde nuestras emociones. Nos sirve más de lo que a veces alcanzamos a comprender. La lectura compartida es un acto íntimo, comunitario y transformador”.
Reivindicó el papel de la mujer lectora, esa figura tantas veces invisibilizada:
“Las personas que escribimos deberíamos levantar un monumento a la mujer lectora. Ella sabe salir de casa, leer en grupo, equivocarse sin miedo, admitir errores, seguir aprendiendo siempre. En este mundo tan individualista, compartir es un acto sanador. Compartir historias es fundamental. Las mujeres hemos transmitido historias desde siempre. No podemos olvidarlo”.
Citó a Lorca: “Aprendí a contar historias escuchando a las tatas de mi casa”. Y cerró con una imagen preciosa:
“Gracias a las historias de las mujeres seguimos conectadas con el mundo. Es emocionante ver cómo no se avergüenzan de no saber, porque lo que desean profundamente es seguir aprendiendo”.